Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

domingo, 6 de mayo de 2018

En sintonía con el hombre nuevo


P. Matta el Meskin


Despertar

Señor, ¿cómo he podido perderte de vista en todos estos años, mientras tú estabas en mí, en el hombre nuevo, el cual me has donado?

¿Cómo he podido vivir mi muerte? ¿Alejarse de ti no es pues alejarse de la vida?

He vivido mi muerte, ignorando la vida que estaba en mí, que palpitaba en el corazón nuevo que tú me has donado.

Desde el momento que he entregado mi pensamiento a los hombres y a las cosas de este mundo, te he perdido de vista, mientras tú estabas en mi corazón. He olvidado tu palabra: “Hijo mío, dame tu corazón y tus ojos estén atentos a mis caminos” [1] (Prov 23,26).

Hasta el día en el que he comprendido que aquí, en mi corazón, la luz de tu rostro ilumina al hombre nuevo, el cual me has donado.

Para Moisés el deseo supremo era que tu rostro le precediese. ¡Qué gracia inaudita haber inscripto en nuestro ser tu rostro, que nos inunda con su luz!

Tú has dicho: “Quien vive y cree en mí no morirá jamás” (Juan 11,26). He comprendido que, en mí, tú eres la Vida. Ahora, es por ti que yo vivo. ¿Cómo podría acercarse a mí la muerte? Incluso en tal caso, permanecería aquello que soy, un viviente por ti. ¿Qué cosa podría la muerte contra mí?

En el hombre nuevo del cual me has hecho don, que has creado por mí en el día de tu resurrección y que has depositado en mí en el día de mi bautismo, justamente allí he encontrado mi resurrección. En los latidos de su corazón he descubierto los del tuyo. En él he reconocido la luz de tu rostro.

¿Quién pues podría separarme de ti? ¿Quién podría arrancar mi corazón del tuyo, apagar en mi rostro la luz de tu rostro o separar mi vida de la tuya?

Si la muerte se me acercase, me burlaría de ella, porque estoy ya aferrado a la vida eterna, cuando tú me has aferrado.

Y si la muerte llega a destruir en mí al hombre exterior, con el hombre interior yo la he ya vencido, junto a ti, en el día de tu resurrección.

Y si yo pierdo las fuerzas y los años me curvan la espalda, tu resurrección me alza la cabeza y mi espíritu toca el cielo.

¡Si yo llevo en mi corazón al hombre nuevo, eres tú quien me llevas!


¿Cómo ponerse en sintonía con el hombre nuevo?

Es un poco como aprender a “ser perfecto”, según la palabra del Señor a Abraham, al inicio de su relación con Dios: “Camina ante mí y sé perfecto” [2](Gen 17,1). He aquí el primer precepto del Señor, la primera orden, lo que el hombre debe escuchar y observar antes que cualquier otra cosa, porque en esto reside su vida. Cuando comienza a corregirse a sí mismo de las obscenas costumbres del pasado, la vehemencia de la juventud, cuando se abstiene de las actitudes pueriles y aprende cómo hablar con sabiduría, cómo reflexionar y cómo decidir con perspicacia, cómo tener opiniones justas y comportamientos pertinentes, cuando se es serio en las propias decisiones, rectos en las propias intenciones, bien determinados delante de Dios a no mirar jamás para atrás, se comienza a sentir el sostén y el coraje de una fuerza celestial que nos impulsa hacia adelante y hacia lo alto. Se piensa entonces que el cielo se ha dignado a venir en nuestra ayuda.

Pero la realidad sorprendente es que esta ayuda y esta fuerza nos vienen desde el interior, del corazón, del hombre nuevo que ha encontrado en nuestro camino hacia él la ocasión para manifestarse, o más bien para manifestar a Cristo que está en él.

Viendo esta transformación y este progreso en una persona, los otros creen en un primer momento que se trata de presunción o afectación. Luego, asombrados por su sabiduría, lo toman por un hombre superior, por un superhombre. Pero él, en realidad, no ha hecho nada más que descubrir en su mismo ser, un ser creado a imagen de Dios en la justicia y en la santidad de la verdad. Y este ser interior ha reflejado sus dones sobre lo exterior, confiriéndole una impronta que no es de nuestra naturaleza.

Las cualidades del hombre nuevo inherentes a su naturaleza regenerada son todas celestiales. Si se les da la ocasión de existir y de desplegarse, elevan al hombre indefectiblemente más allá de la naturaleza humana.  

Ellas son de por sí capaces de intimidar al hombre viejo, obligándolo a retroceder y a dejar libre el campo al hombre nuevo, para que éste ejercite el propio derecho natural de manifestar al Espíritu que está en él. Con el retroceder del hombre viejo y la limitación de su actividad en límites más estrechos, sus pasiones se apagan, su insolencia se desvanece y esto se vuelve evidente tanto al mismo hombre como a los otros. Este hecho marca el inicio de la actividad del hombre nuevo en vista a Dios y a la inmortalidad.

Este cambio puede producirse progresivamente, por medio de muchos esfuerzos, de trabajos y de intentos, sostenidos con paciencia y tenacidad, gracias también a muchas oraciones con lágrimas, gritos, violencia, dolor y tristeza. En efecto, se trata de una dolorosa doble operación de muerte y de parto, expresada con una misma palabra en la Biblia [3]: son por un lado los dolores de la muerte del hombre viejo recalcitrante que se opone con todo su ser y, por el otro, los dolores de parto del hombre nuevo. Estos implican una inmensa transformación del ser que el hombre sufre fatigosamente, porque renace imagen de su Creador en la justicia y en la santidad de la verdad. Las fuerzas repulsivas requeridas para expulsar al hombre viejo y las fuerzas de atracción necesarias para poner en obra al hombre nuevo superan las capacidades humanas. Es como si el ser humano debiese emprender la lucha contra sí mismo y darse a sí mismo muerte. Si no hubiese sido por las cualidades excepcionales del hombre nuevo, el nuevo nacimiento habría sido imposible. Pero Dios le ha creado para que viva, para que domine y nada pueda impedirle vivir. Las fuerzas vitales del hombre nuevo superan las actitudes recalcitrantes del hombre viejo, con un poder invencible que la persona percibe con admiración, preguntándose de dónde le viene esta ayuda y por qué antes estaba escondida. Él tiene la impresión de haber sido liberado de lo que le obstaculizaba y comienza a percibir como el eco de una voz que lo llama desde lo íntimo de su ser y que lo invita a la travesía.

Sin embargo, este mismo cambio puede también producirse de improviso –como testimonia la experiencia de muchos- sin esfuerzo ni dolor, como un despertar luego de un profundo sueño. Al momento de nacer, el ser nuevo espera solo un impulso de la gracia, un movimiento de fe ardiente en el corazón. Entonces se despierta, se manifiesta y suscita el asombro y la admiración. Se dice entonces que tal se ha “renovado”, se ha transformado. Él mismo percibe bien que algo ha cambiado en su ser, en su físico, en su mismo cuerpo. Su voz, su entonación, la expresión de su rostro tienen algo nuevo. Una alegría serena inunda su corazón y brota por su rostro y por todo su ser. La calma interior colma toda su vida: todos signos de que un nuevo nacimiento  en el Espíritu ha sucedido efectivamente. El hombre se siente lleno de nuevas energías espirituales que le parecen venir de lo alto pero que, en realidad, tienen su origen en el interior, en la esencia misma de su creación y de su herencia celestial.


La fisonomía espiritual del hombre nuevo

Sea que este cambio o esta renovación con el cual cada uno es efectivamente convertido en un hombre nuevo, se haya producido a raíz de esfuerzos, fatigas, oración y perseverancia, o que haya sobrevenido imprevistamente como un brusco despertar en razón del cual todo ha sido cambiado, resulta que los rasgos del hombre nuevo, en los diversos casos, son cercanísimos los unos a los otros. En efecto el hombre nuevo es, a nivel general en todos los individuos, la imagen espiritual de Cristo, o para usar una expresión de Pablo, todos han sido revestidos de Cristo. Así, la simplicidad del corazón, la alegría, la sabiduría, la inspiración, la gracia, la lucidez y la palabra espiritual que edifica al alma, son igualmente rasgos comunes a todos los que han reconocido su hombre nuevo y que viven en él. Estos rasgos espirituales comunes testimonian el realismo del segundo nacimiento de lo alto que Cristo ha instaurado en nuestro mundo. Y esto prueba que  su venida al mundo, su encarnación, la redención que ha realizado con su pasión, cruz, muerte y resurrección han sido todas profunda, total y definitivamente destinadas a la nueva creación espiritual de la humanidad, para prepararla a la última transfiguración divina de su ser, en la cual ésta vivirá la vida eterna con Dios para siempre.

Y es así que nosotros percibimos, sentimos  y atestiguamos la realidad de esta creatura nueva, secretamente recibida en el bautismo. Ésta estaba sepultada en nuestro corazón y no éramos conscientes, hasta el día en el cual hemos sido capaces de asumir esta realidad. La hemos llamado y ésta ha salido a la luz del sol, para que quien la ve atestigüe esta realidad.

A través de esta nueva creación, se afirma la Iglesia auténtica, rica de todos los dones que estaban escondidos. Ésta se vuelve visible y evidente en todos los que han recibido la gracia de reencontrar su nueva creatura espiritual.

Y tú, querido lector, estás invitado a entrar en el número de aquellos que se han adornado de  la persona de Cristo, para volverse una esposa transfigurada para la gloria del Hijo.


Volver al corazón, sede de los tesoros divinos.

Con un poco de penetración y de profundidad espiritual, nosotros percibimos en el corazón renovado el secreto de la verdadera puerta, el secreto del camino. ¿No nos ha dicho Pablo: “Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo” (Gal 3, 27)? Si por tanto Cristo se encuentra verdaderamente en el hombre nuevo espiritual, éste posee en sí, por consecuencia, el secreto de la puerta (cf. Juan 10,7), el secreto del camino (cf. Juan 14,6). En el interior del hombre nuevo se realiza por tanto el encuentro, la acogida, la unión y la comunión “para que nuestra alegría sea perfecta” (1 Juan 1, 4). ¿No tenemos por tanto ya en nosotros a Aquel que es la vida eterna? ¡Si poseemos ya la presencia de Cristo en nosotros, poseemos por consecuencia la vida eterna y la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo y nuestra alegría es ya perfecta, según el mensaje de Juan, en el cual él atestigua haber obtenido realmente esto!

La vida se ha hecho visible, nosotros la hemos visto y de esto damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba junto al Padre y se ha hecho visible a nosotros. Lo que hemos visto y hemos oído nosotros lo anunciamos también a vosotros, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Les escribimos estas cosas, para que vuestra alegría sea perfecta (1 Juan 1, 2-4)

Esto es prueba y confirmación de la palabra del Señor Jesús, por la cual él es digno de ser bendecido y exaltado: “El reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21).

No es por tanto con la reflexión, el estudio y el esfuerzo intelectual que encontraremos a Cristo y que llegaremos al reino y a la vida eterna. Ésta es una ilusión en la cual hemos vivido por siglos,  es tiempo de reconocer que Cristo está en nosotros y que la vida eterna se encuentra en nuestros corazones. ¿Qué decir entonces? Que es necesario retornar al corazón y concentrar allí nuestra fe, nuestra oración y nuestra esperanza. En efecto es en el corazón que se manifiesta el hombre nuevo, la nueva creatura celestial de lo alto, dotada de la presencia de Cristo, del Espíritu y de la vida eterna.

Quien ha encontrado su hombre nuevo, ha encontrado la redención, la salvación, la vida eterna y el fin último de todas las cosas. Nada más le falta de las obras de Dios. He aquí que Dios ha depositado en nuestro corazón el secreto del nuevo acto creador, con todo lo que comporta en gracias y dones. ¡Qué inmensa riqueza y qué inmensa gloria!

Deja por tanto de lamentarte, de gemir y de compadecerte a ti mismo. Dios no nos ha abandonado a nosotros mismos y no ha dejado que hagamos frente a la vida con nuestra vieja naturaleza y nuestra creatura de polvo. Él no ha sido injusto en el exigir de nosotros una virtud celestial, mientras todos nuestros instrumentos y nuestras armas eran de este mundo de polvo. No nos ha pedido conocerlo, creer en él, obedecerle y amarle, dejándonos a nuestras solas capacidades terrenas, corruptibles e insuficientes. No nos ha exigido la oración continua y la vigilancia espiritual, dejándonos a la incapacidad de nuestras armas de polvo. No nos ha pedido amar a nuestros hermanos “con un corazón verdadero” (1 Pedro 1, 22), ni de amar a nuestros enemigos, mientras todo lo que conocíamos del amor se limitaba al amor carnal, fundado sobre el instinto animal propio de esta naturaleza de polvo. Sino que en previsión de lo que estaba por pedirnos –y es necesario reconocérselo- Dios ha depositado en nuestro corazón una creatura humana enteramente renovada, que no tiene más nada que ver con el polvo del suelo, sino que es de naturaleza celestial, de la misma naturaleza del cuerpo de Cristo resucitado, con el cual ha vencido al pecado, pisoteado a la muerte, aniquilado al demonio y se ha elevado de la tierra, alejándose de este mundo mortal y efímero. Esta naturaleza nueva es rica de los dones del Espíritu, de las armas de la gracia, del espíritu de oración, del amor divino perfecto y de la humildad propia de la infancia espiritual.

Cristo nos ha por tanto provisto de su mismo cuerpo, de su Espíritu, de su amor y de su victoria. Ha depositado en nuestros corazones esta creatura nueva y nos ha puesto su sello hasta el día en el cual lograremos reconocerla para vivir de ella. Resulta por tanto que nos ha donado mucho más de cuanto nos exige.

De tal modo, ya que tenemos a Cristo en nosotros, no somos más extraños en las relaciones con el Padre. El cielo no está más lejano de nosotros sino que se ha vuelto nuestra patria que nos espera más de cuanto nosotros la anhelamos y nuestra parte está allí guardada junto a nuestra herencia.


¡No perdamos el tiempo en nuestra vieja condición!

Aparece evidente que Dios no nos ha creado para que viviésemos en nuestro hombre viejo insuficiente y efímero, lamentándonos de nuestro pasado y del tiempo perdido en ocupaciones inútiles, sufriendo de nuestra impotencia, de nuestra insuficiencia y de nuestros pecados vanos que incluso están ya perdonados, deplorando nuestra condición. Cada vez que leemos el evangelio encontramos que un abismo nos separa del ideal evangélico y nos sentimos inertes, incapaces de obedecer a los mandamientos, grandes y pequeños. Entre nosotros y la pureza o la santidad levantamos una barrera de desesperación que no osamos sobrepasar. Alabamos a los santos y a las santas y maldecimos nuestros días que transcurren vacíos de sentido, privados del fruto espiritual que pueda ser presentado a Dios. Viviendo en nuestro hombre viejo, lloramos nuestra muerte y lloramos a nuestros muertos que han vivido como nosotros según el hombre viejo. Los sepultamos, rodeados de desesperación, y nos consolamos con palabras que no creemos verdaderamente, diciendo que se van al cielo a heredar el reino. Pero la palabra del evangelio nos desmiente: “Si uno no renace de lo alto, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3,3), ya que “lo que es corruptible no puede heredar la incorruptibilidad” (1 Cor 15,50). El reino es el privilegio de los que han vivido como hombres nuevos, como creaturas nuevas cuya patria es el cielo.

Así perdemos el tiempo inútilmente. Sin embargo, si alzamos los ojos veremos ante nosotros numerosos ejemplos de personas que viven la vida nueva. Antes de pasar al otro mundo, ellas han ya pasado de la vida del  viejo cuerpo con sus obras de muerte, a la del cuerpo nuevo espiritual, que lleva las improntas de Cristo. Con la boca dan testimonio de la vida eterna y sus ojos están llenos de esperanza. Todas sus palabras y sus gestos irradian simplicidad y caridad. Colman su tiempo de buenas obras, de palabras que testimonian a Cristo y de oraciones espirituales eficaces que manifiestan la presencia del Espíritu Santo y dan gloria a Dios. Pasan sus días en la alegría y se van al otro mundo coronados de gozo y habiendo glorificado a Dios con su vida y su muerte.

Por esto, Dios no ha sido injusto con nosotros y no nos ha encerrado en este viejo cuerpo y en esta creatura terrestre hecha de polvo. Delante de nuestros ojos son numerosos los que han superado esta condición antigua y que han recuperado su creatura nueva, sepultada en el corazón de cada uno. Ésta es el templo de Dios y el Espíritu de Dios nos habita (cf. 1 Cor 3,16; 6, 19). Dios espera por tanto que nosotros pongamos fin al reino de la mediocridad y del tiempo perdido, para que comencemos el trabajo de parto, con gemidos, oraciones y lágrimas, para que se manifieste en nosotros el hombre nuevo, objeto de la promesa y de la alianza y nosotros vivamos el evangelio plenamente, según el designio eterno de Dios, en la alabanza, en la adoración, en la acción de gracias y en la alegría.

Ésta es pues la vida que Dios nos ha otorgado, a precio del sacrificio de su Hijo, muerto sobre la cruz y resucitado, para que nosotros viviésemos en él y con él de su misma resurrección.
   
Matta el Meskin.
Il cristiano: nuova creatura
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Magnano, 1999. Pp. 85-94



   
Notas:

[1] Nos distanciamos de la Biblia CEI y se sigue a la letra al autor (corresponde a la versión de los LXX).

[2] La Biblia CEI traduce: “íntegro”.

[3] Los trabajos de parto (cf. Rm 8,22) y la agonía de la muerte (cf. Hechos 2,24) son expresados en griegos por el mismo término.




domingo, 29 de abril de 2018

La Eucaristía: alimento del hombre nuevo.



Matta el Meskín


Con gran claridad, Cristo ha manifestado la existencia de este nuevo alimento espiritual ofrecido al hombre nuevo creado según Dios en la santidad y en la justicia de la verdad, a fin que él viva y su vida dure eternamente, a diferencia del alimento material que el hombre viejo consume y muere.

He aquí las afirmaciones inequívocas de Cristo sobre este tema:

“En verdad, en verdad os digo: quien cree en mí tiene vida eterna.

Yo soy el pan de vida. Vuestros padres han comido el mana en el desierto y están muertos. Éste es el pan que desciende del cielo, para que quien coma de él no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan vivirá eternamente.

El pan que yo daré es mi carne (que daré) para la vida del mundo.” (Juan 6, 47-51)

Con estas palabras Cristo afirma las siguientes verdades:

1. Aquel que cree en Cristo recibe la vida eterna. Esta verdad ha sido ya afirmada en el Evangelio según San Juan: “En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree a aquel que me ha enviado, tiene vida eterna y no está sometido al juicio sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Juan 5,24). Tal es realmente la condición del hombre nuevo que ha escuchado la buena noticia, ha creído y se ha hecho bautizar en Cristo. A causa de esto, ha nacido de nuevo, del agua y del Espíritu y se ha vuelto digno de entrar al Reino de Dios, según la palabra del Señor a Nicodemo: “En verdad, en verdad te digo, si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar al reino de Dios. Aquel que ha nacido de la carne es carne y aquel que ha nacido del Espíritu, es Espíritu” (Juan  3, 5-6).

2. Cristo se presenta pues como pan vivo, nuevo, descendido del cielo a fin de que se coma y no se muera, sino se viva para siempre, aunque nos suceda de morir físicamente. Es evidente que el que se alimenta de Cristo es el hombre nuevo recreado “de lo alto”, “del agua y del Espíritu”, este hombre nuevo que Cristo ha creado en sí mismo con su resurrección de los muertos y que nos ha transmitido por medio de la fe y del bautismo.

3. Cristo precisa luego con gran claridad en qué consiste este pan que él dará en alimento al hombre nuevo para que viva para siempre: el alimento espiritual del hombre nuevo será su cuerpo dado “para la vida del mundo”. Esta última expresión encierra un significado escondido de gran transparencia: Cristo deberá ofrecer al Padre su propio cuerpo en sacrificio santo y viviente sobre la cruz para la salvación del mundo. Y para que este sacrificio santo y viviente sea eficaz en el hombre y les de la salvación  y la remisión, la vida y la justicia, el hombre deberá necesariamente comer de él para beneficiarse de su eficacia divina, mística y sobrenatural. Para dar a cada hombre la ocasión y el derecho de comer, en todo tiempo y en todo lugar, Cristo instituyó la tarde del Jueves santo, durante la comida pascual que tomaba con sus discípulos, el rito de inmolación del propio cuerpo: tomando el pan común, dio gracias, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos como cuerpo partido sobre la cruz en el día del Viernes. En efecto lo definió con estas palabras misteriosas e impresionantes: “este es mi cuerpo partido por vosotros (sobre la cruz). Comed de él todos.” Luego, después de la comida, tomó la cuarta copa del rito pascual, con vino y agua mesclados, dio gracias, pronunció la bendición y la dio a sus discípulos diciendo: “Esta es mi sangre derramada por vosotros (sobre la cruz). Bebed de ella todos”.

De tal modo, por una escondida eficacia divina que obra sobre el pan y sobre el vino, Cristo ha actualizado la presencia mística y divina de su cuerpo auténtico, inmolado sobre la cruz, y de la sangre que fue derramada.

Con esta misma eficacia escondida y divina, ha actualizado por tanto el sacrificio pascual de su cuerpo por medio del pan y del vino. Así, quien coma de este pan pascual y místico y beba de este vino pascual y místico, come místicamente a Cristo mismo como sacrificio pascual, ofrecido al Padre por la remisión de los pecados y la vida eterna de quien lo reciba.

Para elevar el acto de recibir su cuerpo y su sangre a nivel de una alianza eterna entre nosotros y él, Cristo dice esta frase breve pero cuyo sentido es evidente: “Quien coma mi carne y beba mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día” (Juan 6, 54).  Y para impedir que se piense que quien lo recibe come del pan común y bebe del vino común, agrega: “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Juan 6, 55). Esta palabra tiene un profundo significado. Cristo distingue entre el hecho de comer del pan común y beber del vino común y el hecho de comer su cuerpo divino y beber su sangre divina. El pan eucarístico transformado en cuerpo de Cristo contiene toda la potencia de vida de la carne vivificante del Verbo. No es más un alimento simple que el hombre ingiere en su cuerpo y muere, sino un alimento “verdadero”. Es “verdadero” lo que no cambia y no pasa. Ahora, solo Dios no cambia y no pasa. Esto significa que aquel que coma el cuerpo y beba la sangre que subsiste por una eficacia divina en el pan sacramental partido y en el vino mezclado, “come y bebe la Verdad”. Esta expresión encierra el significado profundamente místico de “asimilar”, por así decirlo, la divinidad de Cristo que se encuentra en el cuerpo eucarístico y en su sangre para la remisión de los pecados y la vida eterna. Es lo que Cristo explicita luego de modo admirable: “Aquel que coma de mí vivirá por mí” (Juan 6, 57). Que se relaciona a lo que dice Pablo: “No soy yo más quien vive, sino Cristo el que vive en mí” (Gal 2, 20).

Así, Cristo ha establecido con una alianza eterna que quien coma de este pan pascual partido y beba de este vino pascual mezclado, habrá comido a Cristo mismo en su calidad de sacrificio pascual inmolado sobre la cruz y vuelto garante de la salvación del hombre para la remisión de sus pecados y la vida eterna. Por esto el Jueves santo es llamado “Jueves de la alianza”, de aquella alianza nueva de la cual Cristo ha dicho abiertamente: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Lc 22,20).

Del mismo modo, Cristo ha revelado la eficacia mística del acto de recibir su cuerpo y su sangre con estas palabras: “Quien coma mi carne y beba mi sangre permanece en mí y yo en él” (Juan 6,56). Esta mutua compenetración con Cristo mediante la comunión de su cuerpo y de su sangre es el fundamento de lo que es llamado la unión mística y que Juan  expresa en estos términos: “Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo” (1 Juan 1,3). Y Cristo: “Yo estoy en el Padre y vosotros en mí y yo en vosotros” (Juan 14,20). “Que todos sean uno, como tú Padre estás en mí y yo en ti, también ellos en nosotros sean una sola cosa”. Y también: “Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad” (Juan 17,23).

De allí deriva por tanto que la esencia de la nueva alianza consiste en este nuevo alimento espiritual que Cristo nos ha hecho descender del cielo, como pan vivo y divino, en su cuerpo, para el alimento del hombre nuevo, a fin de que éste viva y su vida dure eternamente. Por esto, nosotros que hemos comido el cuerpo y bebido la sangre hemos entrados en la plenitud de la nueva alianza que Dios ha realizado con nosotros mediante la sangre de su Hijo único, que él nos ha dado de beber. El Hijo ha penetrado en la profundidad de nuestro ser y nosotros, por nuestra parte, nos encontramos profundamente insertos en él. Unidos a él, aparecemos delante del Padre dignos de ser sus hijos y de compartir la herencia del Hijo único.

La eucaristía, este alimento “verdadero” del hombre nuevo, nos ha pues trasladado de la tierra al cielo, de la condición de creatura sacada del polvo, como uno de los animales que circundan la tierra, a la condición celestial de un ser espiritual digno de comparecer ante Dios, en la justicia y en la santidad, en alabanza y gloria de su gracia, la cual nos ha donado en el Predilecto. Todo esto en respuesta al beneplácito de la voluntad del Padre.

Matta el Meskin.
Il cristiano: nuova creatura
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Magnano, 1999. Pp. 77-81





domingo, 22 de abril de 2018

Matta el Meskín y la vida monástica


Wadid el Macario [*]


El secreto de la vida monástica: el amor divino.

El Padre Matta el Meskín amó ardientemente la vida monástica y por ella estuvo dispuesto a renunciar a todo lo que había de más preciado. Para él, en efecto, el monaquismo es fundamentalmente una relación de intenso e ilimitado amor por Cristo. Su amor por el monaquismo deriva de su profundo amor por Cristo. Lo escuchamos decir:

¿Qué me ha traído al monasterio si no el amor por Cristo [1]? ¡La gente piensa que es exagerado dejar el mundo para ir a vivir a un desierto abandonado! Pero Cristo no ha considerado exagerado dejar el cielo y venir a la tierra por nosotros [2].

En más de una ocasión, él ha remarcado que “el secreto para recorrer este camino es el amor divino” [3]. A quien le preguntaba cómo iniciar la propia vida monástica, acostumbraba a responder así: “Haz de modo de cultivar una relación de amor con Cristo”. También a los monjes ancianos que le preguntaban cómo recuperar el fervor inicial, daba respuestas semejantes a esta. Él mismo había vivido de modo extraordinario esta relación amorosa desde los primeros años de su vida monástica en el Monasterio de San Samuel, de día y de noche. Por toda su vida se acordará de estos primeros tres años, extrayendo la gracia, la iluminación y la proximidad con Cristo que había recibido en ellos. Su máxima aspiración por sus hijos monjes era hacerlos experimentar algo de lo que él había vivido.  

A menudo repetía a sus hijos espirituales la expresión que había leído en su juventud en el libro La experiencia de la presencia de Dios del hermano Laurent de la Resurrección, que le había tocado profundamente: “Nuestro único oficio es amar a Dios y regocijarnos de este amor” [4].


Espíritu de kénosis y mortificación del ego.

Lo que más de todo obstaculiza al monje en el ofrecer el propio amor a Cristo es el amor por el ego, que el padre Matta definía “el dios del ser carnal” [5].  Explicita esto diciendo:

Es imposible obedecer a Cristo sin renunciar a la propia voluntad y honor, y glorificar a Cristo sin un rechazo radical a todo honor y a toda autoglorificación… Así como es imposible amar a Cristo sin odiarse a sí mismo. Por esto al monje que se muestra determinado a acceder al espacio de la mortificación del propio ego y de la renuncia a la propia voluntad, se le abre otro espacio, el del amor divino en el cual correr libremente. Por la muerte del ego, en efecto, se liberan las energías del amor [6].

Esta cita es extraída de una carta que el padre Matta  escribió en ocasión de la primera ordenación [7] de nuevos monjes hecha en el Monasterio de San Macario poco tiempo después de su llegada al monasterio. Se recomendó, luego, que esta carta fuese entregada a cada nuevo monje al momento de la entrada al monasterio porque contiene los secretos para recorrer el camino monástico. Aun hoy, en el monasterio, hacemos así.

Estas cosas fueron por él expuestas, desde perspectivas diversas, en muchos de sus escritos como “El grano de trigo” [8], en sus numerosas meditaciones sobre el cántico de la kénosis divina (Fil 2, 5-11) y en numerosos otros escritos. En el libro Fi al-tadbir al-ruhi (Sobre la vida espiritual) leemos:

La columna vertebral de la vida espiritual que sostiene todas las virtudes, todos los carismas y todos los tipos de lucha y les preserva de andar perdidos es “la renuncia de sí”. [9]

El Padre Matta vivió – e invitó a sus hijos a vivir con él- sobre el camino de la kénosis que Cristo ha trazado para nosotros, consiguiendo hacer inmunes a sus discípulos al carrerismo eclesiástico y a la ambición de cargos de prestigio. La verdadera ambición para el monje [10] es crecer en el amor y en el conocimiento de Cristo, así como en el amor y en el conocimiento de la Iglesia y de todas las ciencias y de todos los misterios que le atañen porque ella es el cuerpo viviente de Cristo. Esta aspiración está ligada al objetivo de servirla sin desear en cambio ninguna condecoración, ninguna fama, ninguna promoción [11].

El monje es una persona que da sin recibir, sin esperar nada a cambio. Desde los primeros días como monje, Dios había inspirado al padre Matta como sintetizar este principio en una frase que él escribió para sí mismo sobre el muro de su celda, en rojo, y que repitió hasta el final de su vida: “Para nosotros ningún derecho, solo deberes”.


Los dos pilares principales de la vida monástica: la Escritura y el Espíritu Santo.

Este subtítulo nos viene inspirado de la obra principal dedicada por el padre Matta a los fundamentos auténticos del monaquismo, titulado Antonio, asceta según el evangelio [12]. En el capítulo I, en efecto, titulado “El significado de la obediencia a los mandamientos para san Antonio”, es presentada la importancia de la Escritura en la vida de San Antonio. En el capítulo II, titulado “Antonio, heredero del fuego de Pentecostés”, es expuesta la importancia del Espíritu Santo. Desde la primera página de este libro encontramos la siguiente expresión que hace de síntesis al libro entero, como también a los fundamentos del monaquismo tal como lo entiende el padre Matta: “La vocación seguida por Antonio es enteramente según el evangelio, potentemente sostenida por el Espíritu Santo” [13].


La importancia de la Escritura en la vida del monje

La Escritura es el primer maestro para el monje. Es ella la que le revela los propios errores, la que le exhorta, la que le medica, le cura, le corrige el camino, le enseña, le dilata sus facultades espirituales, le educa, pero sobre todo lo alegra, lo consuela, lo refuerza hasta que pueda soportar las tribulaciones. Todo esto se realiza a condición de que el monje se ponga por debajo y no por encima de la Palabra. El Padre Matta explica este punto así:

En todo el camino monástico no he encontrado un compañero y una guía para mi vida semejante a la palabra de la Escritura. Es necesario, sin embargo, inclinar la cabeza ante ella, como si nos inclináramos ante un rey celestial y es necesario pedir con insistencia que la Palabra nos juzgue. Si no pedís, en efecto, que la Palabra te juzgue, serás tú quien la juzgue… y no obtendrás la bendición esperada sino sólo algún conocimiento con los cuales hacer gala y hacer comercio por tu crecimiento intelectual [14].

Del mismo modo, el monje debe considerar la palabra de la Escritura como un mensaje personal dirigido a él en la situación contingente de su vida [15]. Esto es cuanto descubrió el padre Matta por sí mismo cuando dice: “Cuando comencé a conocer la Biblia me he dado cuenta que ha estado escrita toda para mí” [16].


Algunas metodologías de lectio divina

El Padre Matta el Meskín consiguió recuperar un método antiguo de lectio divina que era muy difundido entre los primeros Padres del desierto, tanto como para ocupar la mayor parte de sus tiempos. Él mismo lo ha practicado sin jamás saciarse intentando por todos los medios de transmitirla a sus hijos espirituales. El modo de esta práctica es meléte y  consiste en repetir una parte de un versículo por muchas veces hasta que sus múltiples sentidos penetran en los abismos del alma, para luego pasar al siguiente. Este método es adaptado sobre todo para el Nuevo Testamento y en particular para las cartas. La meditación de una sola carta con este método puede durar muchas semanas y hasta muchos meses [17].

Existe otro método, más veloz, adaptado a asimilar partes más amplias de la Escritura, como los libros históricos del Antiguo Testamento. El Padre Matta el Meskín llegó a leer, de este modo, sesenta capítulos en una sola noche [18].

Esto, sin embargo, no significa que el Nuevo Testamento sea leído lentamente mientras el Antiguo velozmente. Hay pasajes del Antiguo Testamento que necesitan de una meditación profunda y continuada por muchos días. A menudo el padre Matta nos contaba su relación íntima que lo unía a Abrahán, por vivir junto a él por largos períodos, o a Adán o a cada uno de los personajes del Antiguo Testamento. Habían así penetrado tanto en su vida que los consideraba su verdadera familia y como insertos a su existencia humana. Toda la Biblia, en efecto, no es otra cosa que la historia del hombre con Dios y el hombre es esencialmente el mismo en el curso de toda la historia [19].


El Espíritu Santo en la vida del monje.

Sin duda, el tema al cual el padre Matta  más se ha dedicado, para el cual ha orado más y sobre el cual ha escrito más es cómo adquirir el Espíritu Santo y como obrar en sinergia con él. Para convencernos de esto, basta comparar cuanto ha escrito sobre el Espíritu Santo en los dos volúmenes titulados al-Ruh al-qudus al-rabb al-muhyi (El Espíritu Santo, Señor vivificante, 1981, 953 páginas) con cuanto ha escrito en otras ocasiones: ‘A’yad al-zuhur al-ilahi (Las fiestas de la teofanía, 1975, 486 páginas), al-Sawm al-arba’ini al-muqaddas (El santo ayuno cuaresmal, 1970, 152 páginas), Ma’a al-masih fi alamihi hatta al-salib (Con Cristo en su pasión hasta la cruz, 1981, 419 páginas), al-Qiyama wa-l-su ud (La Resurrección y la ascensión, 1983, 390 páginas).

En particular, a la importancia del Espíritu Santo en la tradición monástica, ha dedicado el libro al-Ruh al-qudus wa-amaluhu dabil al-nafs. ‘Ard li-aqwal al-aba al-nussak (El Espíritu Santo y su acción en el alma. Exposición de los dichos de los padres ascetas, 1974) [20]. Aquí expone la importancia del Espíritu Santo en las enseñanzas de Antonio, Macario e Isaac el Sirio. En la introducción escribe:

Quien lee las Cartas de san Antonio saca de ellas una impresión espiritual que no lo abandonará jamás por toda la vida: ¡fuego, fuego, fuego! El pilar fundamental en las enseñanzas de Antonio es el fuego divino que permanece en el alma y la hace volar, elevándola hacia el cielo. [21]

Para el padre Matta y para los primeros Padres del desierto, el monaquismo se funda esencialmente en el Espíritu Santo. En el libro Antonio, asceta según el evangelio leemos:

El monaquismo es fundamentalmente una acción inextinguible del Espíritu Santo que ha tenido inicio el día de pentecostés con el abandono del mundo y la creación de la Iglesia primitiva. Ha luego estallado en la época del martirio y se ha establecido luego en la vida monástica para consolar el corazón de la Iglesia mediante el calor de la fe auténtica que se funda sobre la desposesión y sobre el abandono radical del mundo. El monaquismo se ha vuelto [portador de los] latidos del Espíritu Santo que le llega de más allá del mundo, de los desiertos y de las regiones deshabitadas, para mantenerlo vivo hasta el fin de los días [22].

Sin el Espíritu Santo no puede existir la vida monástica auténtica. Al contrario, todo intento de realizarla termina por convertirse en una pantomima destinada al fracaso. El Padre Matta lo ha explicado en una conversación de febrero de 1976 con algunos monjes no egipcios:

La herencia fundamental de los Padres del desierto es la adquisición del Espíritu Santo. Sin el Espíritu Santo todo lo que hacemos se vuelve una pantomima. Por ejemplo, para revivir el monaquismo pacomiano, no basta adoptar la Regla de Pacomio ni vivir en el mismo lugar en el cual él vivió ni reconstruir el monasterio por él fundado y ni siquiera llevar a los campesinos del mismo pueblo de Pacomio para que vivan en este monasterio. Todo esto no tiene como resultado si no una pantomima destinada a fallar. En cambio, para que se realice un verdadero renacimiento espiritual es necesario, como primera cosa, que se derrame el Espíritu Santo [23].

Este mismo principio el padre Matta lo aplicaba a las personas particulares. Si uno de sus discípulos le pedía el permiso de imitar a los primeros Padres del desierto en su modo de ayunar, él acostumbraba a responder:

Ellos no ayunaban por el ayuno en sí sino porque era el calor del Espíritu Santo que ardía en sus corazones lo que los impulsaba a hacer esto. Antes adquiere el calor del Espíritu Santo y luego será él mismo el que te guíe sobre cómo ayunar en el modo que se adapte a tu estado espiritual y a las condiciones de tu vida de todos los días.


El rol del padre espiritual en la vida del monje.

El rol del padre espiritual se funda principalmente sobre la acción del Espíritu Santo en su discípulo. El padre espiritual no ocupa el lugar del Espíritu Santo sino su rol consiste en el enseñar y en el adiestrar a su discípulo a discernir la voz del Espíritu Santo y a serle dócil.

Existen, en efecto, dos cosas que el monje novicio (¡y también quien no es más novicio!) tiene dificultad en discernir: la inspiración del Espíritu Santo y las ilusiones personales. Confundir estas dos cosas es lo más común y lo más peligroso que puede suceder. Aquí emerge la importancia del padre espiritual en el adiestrar al propio discípulo para adquirir discernimiento y capacidad de cribar. El Padre Matta respetaba muchísimo al alma humana y hacía todo para no herirla o ponerla al descubierto. A menudo, en nuestros diálogos personales con él –para la confesión o para la dirección espiritual- nos parecía que obraba como un hábil cirujano que, durante una operación quirúrgica delicada, tenía mucho cuidado de no tocar algún nervio vital. El Padre Matta no imprimía su personalidad sobre sus discípulos sino que dejaba que cada uno creciese según su propia personalidad espiritual en vista de la cual había sido creado por Dios.

Los visitantes del Monasterio de San Macario, que veían en los monjes personalidades espirituales diversas entre ellos, se maravillaban de cómo el padre Matta había logrado poner juntos a todos y enseñar a cada uno de ellos a vivir una vida espiritual acorde con la propia unicidad.


Monaquismo entre tradición y modernidad

El Padre Matta amaba profundamente la tradición,  tanto la eclesial como la monástica. Pero tradición, para él, significaba coparticipar junto a los santos en el Espíritu que ellos habían recibido y en conformidad al cual habían vivido. En efecto, como dice, “el Espíritu Santo no obra afuera de la comunión de los santos” [24]. Ésta es la esencia de la tradición para el padre Matta y no la imitación de las condiciones exteriores del estilo de vida de los santos. La conversación con los monjes extranjeros recién mencionada nos ofrece el ejemplo más elocuente de este discurso: nuestra comunión con Pacomio no se realiza imitando las condiciones externas de su vida sino coparticipando con él  en el Espíritu que ha recibido del Señor.

La tradición interpretada en este sentido no se opone a la modernidad en todas las cosas de la vida de cada día. El Padre Matta ha sido, por ejemplo, el primero en haber introducido en el desierto una tipografía moderna que trabajaba con el sistema de fotocomposición (1977) y el primero en haber utilizado en el desierto medios de transporte pesados como el camión y la excavadora para el saneamiento de los terrenos de la propiedad del monasterio. Además, ha introducido en Egipto nuevos tipos de cultivos y nuevas especies de bovinos utilizando los instrumentos más modernos para las operaciones de hibridación y de inseminación artificial. Ha animado siempre a sus hijos espirituales a usar la computadora tanto para sus estudios como en la gestión de sus trabajos.

Quien lee las obras del padre Matta el Meskín encontrará allí esta síntesis armoniosa entre tradición y modernidad, entre cuanto de más profundo ha sido escrito por los Padres de la Iglesia y cuanto de mejor ha sido producido por la ciencia exegética contemporánea.


El rol del monje hacia el mundo y hacia los otros.

En el artículo titulado “Ihtibar allah fi hayat al-rahib” (La experiencia de Dios en la vida del monje) el padre Matta escribe:

Cristo en los santos cuarenta días ha salido del mundo por el mundo, se ha apartado de los discípulos por los discípulos… El monaquismo consiste en salir con Cristo del mundo por el mundo, en apartarse con Cristo de los hombres por los hombres. El monje no sale del mundo, si bien así le puede parecer, sino que en verdad y en realidad hace salir al mundo junto a él para presentarlo a Dios. Él no se aísla de las personas como piensa sino que se aparta para poder atraer a las personas hacia Dios… El monje, en su éxodo del mundo, en su apartarse respecto a los hombres, no puede percibir ni creer este salir junto al mundo o este ofrecer a los hombres a Dios, porque está concentrado sobre sí mismo, inclinado sobre sí, trabajando en el desarraigarse a sí mismo fuera del mundo. Pero si el monje logra realizar un verdadero éxodo del mundo, esto significará un elevarse por encima del mundo. Este trascender significa que él habrá adquirido la fuerza necesaria para atraer al mundo detrás de sí y ofrecerlo a Dios… Por esto, el monje que ha logrado su éxodo, es considerado poseedor de una estatura espiritual de altísimo valor humano y eclesial a causa de la rareza de aquellos que se han hecho dignos de esto… Sin embargo, esta energía, en esto que concierne a la diakonía de los otros y del mundo circundante, permanece en un estado de latencia. Es, en efecto, en el corazón del monje que ésta está obrando y solo en la esfera de su vida interior. Y es por este motivo que el monje puede aparecer como una persona egoísta que no se interesa por el otro sino por su salvación personal. Pero de improviso, cuando el monje alcanza, por medio de la gracia de Cristo, el estado de total conciencia de la plenitud de la estatura que le ha sido dada luego de su salida del mundo, empieza a desbordar, derramando sobre los otros cuanto le es dado de la plenitud de tal estatura espiritual infinita en Cristo. Sin embargo, incluso allí donde el monje maduro y perfecto en su éxodo y en su aislamiento, ha alcanzado tal estado y  obtenido la plenitud de la estatura de Cristo mediante esta experiencia única… a tal monje no le es pedido nada más que su permanecer en un estado de potencia para dar y sacrificarse sin moverse de su lugar. La invitación a la acción no necesita, en efecto, de un trasladarse al mundo o de un descender en medio de los hombres. El monje, si es bien consciente de su plenitud en Cristo, es capaz de atraer al mundo a sí y de elevar a los hombres al plano al cual ha llegado sin moverse un solo paso del lugar de su soledad. [25]

La vida del padre Matta el Meskín, su soledad y su lejanía del mundo, sus experiencias espirituales, ricas y profundas, que ha derramado en una cantidad extraordinaria de libros espirituales y exegéticos (180 libros) con los cuales ha enriquecido la biblioteca teológica en lengua árabe y con los cuales ha dejado una marca en muchos de los hijos de su iglesia y de otras iglesias, además del riquísimo corpus de homilías registrada (alrededor de 250), son la prueba de la autenticidad de estas verdades. Él ha sido capaz de atraer a sí al mundo y de ofrecerlo a Cristo sin moverse un solo paso del lugar en el cual vivía.

Finalmente, al término de esta relación, querría ofrecer una breve historia que muestra el celo con el cual el padre Matta el Meskín ha meditado sobre el evangelio hasta el final de sus días para servir a su Iglesia. Se encontraba de retiro en la casa de uno de los amigos del monasterio en al-Guna, sobre el mar Rojo, cuando el dueño de la casa ha notado la luz de la habitación del padre Matta encendida hasta las dos de la noche. Tomado por la irrefrenable curiosidad de saber qué estaba haciendo el padre hasta aquella tan tarde hora de la noche, golpeó a la puerta y le preguntó: “¿Qué estás haciendo a esta hora, padre?” Y el padre Matta le respondió: “¡Estoy estudiando el evangelio!” Y el otro le dijo: “¡mi hijo es uno de los superiores y no hace la mitad de lo que tú haces!”

Hasta este punto el padre Matta ha buscado, con pasión, realizar el voto hecho al Señor al inicio de su conocimiento de Cristo, cuando escribió sobre la cubierta del pequeño evangelio que le había regalado la Escuela dominical del barrio cairota de Giza en marzo de 1948: “Esta es mi promesa y mi oración: servir a la Iglesia de mis antepasados”.

Wadid el Macario

AA.VV. Matta el Meskin.
Un padre del deserto contemporaneo
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
Magnano 2017. Pp. 115-127



Notas:

[*] Discípulo de Matta el Meskín, es monje del Monasterio de San Macario el Grande desde 1970. Traducción del original árabe de Marcos el Macario.

[1] Se puede también traducir “el amor de Cristo”, por consiguiente el amor de Cristo por el hombre. En árabe, ambas traducciones son correctas [N.d.T.]

[2] Biografía, p. 319.

[3] Matta el Meskín, Usus al-hayah al-rubiyya wa-l-rahbaniyya (Fundamentos de la vida espiritual y monástica), catequesis del 13 de noviembre de 1985; Id., al-Talmada al-haqiqiyya (El auténtico discipulado), conferencia dada a unos monjes neo-ordenados el 24 de agosto de 1977. Véase también en Biografía, pp. 69, 73.

[4] “Está allí todo nuestro oficio, mis hermanos, adorar a Dios y amarle, sin preocuparse del resto”: cit. del fr. Francois de Sainte-Marie, “Préface”, en Frère Laurent de la Résurrecion, L’ expérience de la présence de Dieu, Paris 1948, p. 23 (tr. it. En Laurent de la Résurrection, L’ experienza della presenza di Dio, Milano 1990, p. 19: “Hermanos míos, nuestro oficio está todo aquí: adorar a Dios y amarlo sin preocuparse por el resto”).

[5] Matta el Meskin, “Nasa ih li-ruhban gudud” (Consejos a unos monjes neo-ordenados), en Nasa ih li-ruhban gudud wa-ihtibar allah fi hayat al-rahib (Consejos a unos monjes neo-ordenados y La experiencia de Dios en la vida del monje), Wadi al-Natrun 2012, p. 5.

[6] Ibid.

[7] Actualmente la profesión monástica, en la iglesia copta, es llamada risama (“ordenación”) [N.d.T.]

[8] Matta el Meskin, “Il chicco di grano”, en Id., La gioia della preghiera, Magnano 2012, pp. 19-55.

[9] Id., Fi al-tadbir al-ruhi (Sobre la vida espiritual), Wadi al-Natrun 2007, p. 28.

[10] Es también posible la traducción “la ambición del verdadero monje” que da otro tono al texto [N.d.T.].

[11] Seguía el principio segundo el cual “el sacerdocio es extraño a los monjes y al monaquismo” (Id., Carta inédita a los monjes, diciembre 1990)

[12] Cf. Id., al-Qiddis antuniyus nasik ingili (Antonio, asceta según el evangelio), Wadi al-Natun 1985 (tr. It.: Antonio il Grande, Secondo il vangelo. Le venti lettere di Antonio, a cargo de Matta el Meskin, Magnano 1999).

[13] Matta el Meskin, “Antonio, asceta secondo il vangelo”, en Antonio il Grande, Secondo il vangelio, p. 23.

[14] Biografía, p. 86. Una exposición más profunda del tema se encuentra en Matta el Meskin, Kayfa taqra al-kitab al-muqaddas (Como leer la Sagrada Escritura), Wadi al-Natrun 1966.

[15] A este propósito véase Id., al-Kitab al-muqaddas risala sahsiyya lak (La Sagrada Escritura: un mensaje personal para ti), Wadi al-Natrun 1975.

[16] Biografía, p. 80.

[17] Durante su visita al Monasterio de San Macario, el padre Enzo Bianchi preguntó a algunos monjes: “¿Cómo les enseña el padre Matta a leer la Escritura?”. Él ha contado después en detalle lo que había escuchado, en el prefacio de CA, pp. 10-11. Este método meditativo de la Escritura ha sido luego citado en los prefacios del mismo libro en las traducciones francesas y portuguesas.

[18] Cf. Biografía, p. 118.

[19] Cf. ibid., p. 79-80.

[20] El libro ha confluido después en la antología sobre el Espíritu Santo con el título al-ruh alqudus al rabba al-muhyi (El Espíritu Santo, Señor vivificante) I, Wadi al-Natun 1981, pp. 41-134.

[21] Ibid., p. 7.

[22] Id., al-Qiddis antuniyus nasik ingili, pp. 21-22. Así la traducción literal hecho del árabe, la edición italiana dice: “El monaquismo no es otro, en origen, que el efecto de este fuego inextinguible del Espíritu Santo que ha impulsado a los primeros cristianos, el día de pentecostés, a dejar el mundo para formar la primera Iglesia, luego que ha comenzado a estallar en la época de los mártires, para manifestar el poder de la fe de la Iglesia, y que se ha establecido a continuación en la vida de los monjes para vivificar el corazón de la Iglesia con el fervor de la fe primitiva fundada sobre el don de sí y la renuncia total al mundo. De tal modo la vida monástica se ha vuelto como un sucederse de pulsaciones del Espíritu Santo que la Iglesia recibe de más allá del mundo, de los desiertos y de los lugares áridos, para ser revivificada a lo largo de la historia” (Id., “Antonio, hereda el fuego de pentecostés”, en Antonio il Grande, Secondo il vangelo, p. 40). [N.d.T.]

[23] Coloquio inédito de febrero de 1976 con un representante de los monjes del Monasterio de Solesmes.

[24] Matta el Meskin, al-Ruh al-qudus wa-amalubu dabil al-nafs, p. 13.

[25] Id., “Ihtibar allah fi hayat al-rahib” (La experiencia de Dios en la vida del monje), en Id., Nasa ih li-ruhban gudud wa-ihtibar allah fi hayat al-rahib, pp. 27-31.